Mostrando entradas con la etiqueta Algo que saber. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Algo que saber. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de julio de 2018



El 25 de julio celebra la iglesia católica la festividad de Santiago el Mayor, a quien dice oficialmente que pertenecen los restos enterrados en la catedral del mismo nombre.
No obstante, diversos eruditos, entre quienes se encuentran algunos de la talla de Unamuno o de Sánchez Albornoz, defienden que el cuerpo pertenece a Prisciliano, obispo de la época de la dominación romana, que nació en Iria Flavia alrededor del año 350, en una familia acomodada de la zona.

Marchó a la actual Burdeos para formarse con el retórico Delphidius. Alrededor del año 380, Prisciliano regresa a Iria Flavia. Convertido en asceta pone en práctica las enseñanzas recibidas, lleva una vida retirada, contemplativa, de ayuno y oración. En Gallaecia -actual Galicia- crece su fama de místico y sus enseñanzas le hacen ganar muchos adeptos, siendo nombrado obispo de Ávila. Prisciliano predica acerca de la conducta de los hombres de su época, pone en duda el comportamiento de los obispos de su tiempo, critica el modo de vida alejado de la religión y las faltas a los pecados capitales.
Sus enseñanzas tuvieron mucho éxito, sobre todo, entre las mujeres, porque contemplaba la igualdad de los sexos.
Rechazaba la unión de la iglesia con el estado, la corrupción y el enriquecimiento de las jerarquía eclesiásticas.
Prisciliano fundó una escuela ascética, rigorista, de talante libertario, precursora del movimiento monacal, y opuesta a la creciente opulencia de la jerarquía eclesiástica imperante en el siglo IV. Los aspectos más polémicos, en cuestiones formales, son el nombramiento de «maestros» o «doctores» a laicos, la presencia de mujeres en las reuniones de lectura y su marcado carácter ascético.
Intentó la reforma del clero a través del celibato y la pobreza voluntaria, y posteriormente amplió la reforma a todos los fieles. Abogó por la interpretación directa de los textos evangélicos, planteando el principio del libre examen. Exigió que la Iglesia volviera a unirse a los pobres. Enfatizó el estudio de los símbolos y la superación del literalismo en la interpretación de la Biblia.
Las clases populares fueron las que, en principio, abrazaron las enseñanzas de Prisciliano, aunque más adelante se extendieron a todos los estratos sociales, incluyendo muchas familias influyentes; no olvidemos que él mismo no era de origen humilde, sino perteneciente a una familia del entorno senatorial.

Hubo un gran enfrentamiento y un cruce de acusaciones entre priscilianistas y ortodoxos.
Los obispos Hydacio, Higinio e Ithacio se dirigen a Prisciliano con algunas calumnias y tratan de desprestigiarlo achacán­dole el ejercicio de determinadas prácticas paganas.
 Finalmente, una carta enviada por Hidacio a Ambrosio, obispo de Mediolanum (Milán), donde se encontraba instalada la corte imperial, convenció a éste para obtener un rescripto del emperador Graciano excomulgando y desterrando de sus sedes a Prisciliano y sus seguidores.
Cuando, acompañado de sus discípulos, acudió al concilio de Burdeos, en el año 385, fue condenado el priscilianismo y se llegó hasta el extremo que una multitud fanática lapidó a una de sus discípulas. Prisciliano, entonces, se dirigió a Tréveris, Alemania, a pedir audiencia al emperador. Allí cayó en una trampa, siendo encarcelado.
En un extraño juicio fue condenado, tras confesar prácticas heréticas al ser sometido a torturas.  Fue ejecutado, por decapitación, junto con sus seguidores, los primeros herejes juzgados por un tribunal civil a instancias de algunos obispos católicos.
 La mayoría de los obispos católicos de Occidente con Martín de Tours a la cabeza, acompañado por Juan Crisóstomo, protestaron contra tal decisión,y hasta el papa Siricio criticó duramente el proceso ¿Quién no iba a escandalizarse de que fuera ajusticiado un hombre tan piadoso, sólo entregado al culto de Dios? Sólo se explica este caso, primero en la historia del cristianismo en que se lleva a cabo semejante unión entre el brazo secular y el eclesiástico por el afán del emperador en obtener beneficios al tender la mano a la jerarquía católica. La iglesia oficial condenó el priscilianismo, temerosa del movimiento popular que sentía se le estaba oponiendo y se había extendido por las provincias hispanas y buena parte de las Gallias, y el ajusticiamiento de los obispos priscilianistas redundó en la requisa de los bienes de sus diócesis.
Tenemos aquí un precedente de lo que después fue la Inquisición. Nunca antes se habían dictado sentencias de muerte por motivos religiosos.

Después de la ejecución, tanto el cuerpo de Prisciliano como los de sus discípulos fueron trasladados por mar por sus seguidores y enterrados en Hispania de forma clandestina.

Pero no pensemos que ahí acabó la influencia de su doctrina. Después de su muerte, las enseñanzas predicadas por Prisciliano arraigaron y continuaron vigentes durante dos siglos más. El entorno de Iria Flavia (actual Padrón) donde se suponía que permanecían enterrados los restos del obispo, se convirtieron en lugar de peregrinación y se continuó practicando el culto priscilianista a escondidas.
A Prisciliano se le continuó rindiendo culto en Gallaecia , donde su éxito estuvo ligado a la llegada de los suevos, que vieron en la herejía priscilianista una manera de diferenciación con el resto de la península y de identificación del pueblo, y se siguió practicando hasta los concilios de Braga  de los años 561 y 572.
 La influencia de la doctrina del obispo hereje en Galicia es incuestionable. Existe una estrecha relación entre Prisciliano y el pueblo gallego; y la tendencia hacia ciertas creencias paganas (fantasmas, ánimas del Purgatorio, agüeros y brujerías) se atribuyen a la influencia del priscilianismo.
El caso es que Prisciliano fue un personaje controvertido y misterioso que reivindicó las bases del cristianismo primitivo, mezclando la religión cristiana con creencias judaicas y orientales, enfrentándose a la iglesia oficial y proclamando un evangelismo ascético de carácter liberal con participación igualitaria de las mujeres, que condenaba la esclavitud, exigía que la iglesia volviera a unirse a los pobres y planteaba el principio del libre examen.
El éxito de tales doctrinas, que se extendieron incluso a la Lusitania y la Gallia, no podía ser admitido por las jerarquías eclesiásticas ni por el imperio. Por eso había que borrar los rastros de la herejía.

En el año 813 un ermitaño de rito bretón llamado Pelagio comunica a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, que en el bosque de su diócesis llamado Libredón se ven unas luces extrañas. El obispo referirá después al rey Alfonso II el Casto que buscando el origen de las luces halló un sepulcro, que no duda en atribuir inmediatamente al apóstol Santiago, sin más motivo que su creencia. El reconocer ese cuerpo decapitado como perteneciente al apóstol constituyó una acertada estrategia para erradicar el culto secreto que aún, en pleno siglo IX, continuaba; se sospechaba que que se trataba del cuerpo de Prisciliano, por el lugar en que se halló... pero resultaba más conveniente atribuirlo a Santiago.  La noticia se hace oficial con el papa León III.

En el año 1900 el hagiógrafo Louis Duchesne publica en la revista de Toulouse Annales du Midí un artículo bajo el título « Saint Jacques en Galice» en el que sugiere que el que realmente está enterrado en Compostela es Prisciliano, basándose en el viaje que sus discípulos hicieron con sus restos.
Coexisten las tradiciones por las que se adjudica el origen de los restos de Compostela, bien a Santiago, bien a Prisciliano.

La polémica todavía continúa, y sería fácil de zanjar. Con la prueba del Carbono 14 radiactivo se podría comprobar si los restos de la catedral pertenecen a un hombre del siglo I o del siglo IV, pero nunca se ha hecho; no han querido realizar esa prueba, que dejaría claro a quién pertenecen, sin lugar a dudas.

miércoles, 21 de enero de 2015

NUESTRO CINE CENTRAL



En el año 1916, con el estreno de la película “Menicelli” se inauguró en Cartagena el Salón Sport.
Se trataba de un cine construido sobre el solar que durante 80 años había ocupado el antiguo convento de La Merced, y durante los primeros años de su existencia, en que funcionó como mercado por las mañanas y como salón de cinematógrafo por las tardes, estuvo regentado por la ejecutiva del partido político denominado “El Bloque”, liderado por José García Vaso.


Diez  años más tarde se acometió la remodelación del local, bajo la dirección del arquitecto Lorenzo Ros, y a partir de su reinauguración, en septiembre de 1927, se dedicó al uso exclusivo como cine, un cine cuya decoración era admirada por quienes como espectadores acudían a sus proyecciones.

Continuó llamándose Cine Sport cuando cambió de propietario, en 1935, y continuó con esa denominación hasta que, tras el final de la guerra, pasó a llamarse Cine Central, en 1939, nombre con el que lo conocimos hasta el año 2000, cuando con su cierre acabó una etapa importante de la historia de la ciudad.

Allí hemos visto la proyección de Los diez Mandamientos, de Ana Karenina, de Las señoritas de Aviñón… allí intentábamos burlar al portero para entrar a ver películas para mayores de 18 años, entrando con fingida seguridad, enormemente maquilladas, para que no nos pidiese que acreditáramos la edad mostrando el D.N.I. Allí nos hemos reído y emocionado durante nuestra adolescencia y juventud, en esa sala que se ha ido arruinando a lo largo de los últimos quince años sin que nadie hiciera nada por remediarlo.

Allí hay un horroroso proyecto de ocupación del inmueble para uso de oficinas, en lugar de restaurarlo y devolverle su antiguo esplendor, devolviéndole su antiguo uso como cine o como teatro.
A pesar de las peticiones ciudadanas, el antiguo cine Central no volverá a recuperar su función. Con él pasará al olvido una etapa de nuestra historia, de la historia de tantas cartageneras y cartageneros que pasamos tantas tardes de los fines de semana con los ojos clavados en la fábrica de sueños que para nosotras y nosotros fue su pantalla de proyección. Habrá que dar las gracias a nuestra alcaldesa por habernos frustrado ese otro sueño de ver restaurado y puesto de nuevo en funcionamiento el cine Central.

sábado, 8 de marzo de 2014

COMPROBACIÓN CIENTÍFICA Y CIENCIA HOMEOPÁTICA

Con la emisión del programa de La Sexta, Equipo de Investigación, titulado “El milagro de la homeopatía” vuelve la polémica.
A quienes defienden que sus éxitos se deben al efecto placebo, les preguntaría por qué hace efecto en los bebés, o por qué, como estoy viendo ahora mismo en pantalla, lo hace en animales.
Escribo sobre este tema mientras contemplo el programa en directo, y no he podido resistir la tentación de exponer algo sobre este remedio que hemos venido utilizando en mi familia desde mucho antes de que yo naciera, en una época en que no se podía acusar a los homeópatas de hacerse ricos a costa de la ingenuidad de los pacientes, en que era muy poco conocida la terapia homeopática por la mayoría de la población.
El primer homeópata de mi familia, mi bisabuelo Antonio Martínez Torres, no se hizo rico dedicándose a esta ciencia, pero sanó a muchísima gente, como también lo hicieron mi abuelo y su hermano, mi padre y su primo, que se dedicaron a la práctica de la Homeopatía como su abuelo Antonio lo había hecho: sin buscar el enriquecimiento.
De mi padre aprendí los fundamentos de la homeopatía, y defiendo su utilización por haber comprobado su eficacia.

Hahneman dio a la publicidad su ciencia de curar al final del siglo XIX, y desde entonces le han sido puestos innumerables obstáculos por parte del mundo médico.
Samuel Hahnemann (1755 – 1843)  trabajaba como médico privado del gobernador de Transilvania antes de cumplir los 25 años, aunque antes de ello había sido químico y trabajó como aprendiz de su suegro, que era farmacéutico.
Los diez primeros años tras terminar sus estudios de medicina supusieron para Hahnemann un cúmulo de sinsabores. El estado de la medicina en aquella época era caótico: teorías curativas basadas en observaciones aisladas y abundancia de contradicciones y supersticiones eran la base del ejercicio de la medicina. Hahnemann abandonó el ejercicio de su profesión porque decía no querer convertirse en un asesino de sus hermanos.
Se dedicó entonces a la traducción de obras inglesas, francesas e italianas, y así descubrió, hacia 1790, los efectos de la quina, el arsénico y el mercurio en el cuerpo sano. Al ingerirlos se producían efectos de intoxicación similares a los de la enfermedad que debían combatir, y durante seis años estuvo experimentando con ellos, antes de dar a conocer el descubrimiento a sus colegas.
Estudiaba en sí mismo las substancias  para experimentar su acción sobre el organismo sano y coleccionó pruebas que acreditaban la exactitud de su doctrina. Trató enfermos con medicinas que producían en los sanos los síntomas de la enfermedad para la que estaban indicadas, consiguiendo resultados espectaculares.
Las observaciones que hizo sobre la acción análoga de los medicamentos las resumió en el lema “Similia similibus curantor” o “Lo semejante se cura con lo semejante”, lo que quiere decir que la curación de las enfermedades se efectúa  mediante medicamentos que en los individuos sanos producen fenómenos semejantes a los síntomas de la enfermedad que se pretende curar.
¿Cómo llegó Hahnemann al descubrimiento de la Ley de la Analogía?
En el 1790 estaba imbuido en la traducción de la obra “Teoría de los medicamentos”, de Cullens, en la cual las explicaciones sobre la acción de la corteza de quina contra las fiebres intermitentes le parecieron en alto grado discutibles, por lo que tomó una gran dosis de ese remedio, y con gran asombro se vio afectado por los síntomas de esas fiebres, lo que supuso el primer paso para el descubrimiento de la Ley de Analogía, el primero de los tres pilares en los que se apoya la ciencia homeopática, que son<:
I Ley de los semejantes
II Experimentación pura
III Dosis infinitesimales
LEY DE LOS SEMEJANTES: Todas las sustancias introducidas directa o indirectamente en la sangre entran en contacto con las diferentes partes del cuerpo, pero todas las partes no son influidas de igual modo; no todas las células, tejidos y órganos responden igualmente al estímulo del cuerpo extraño, sino sólo las que tienen una cierta afinidad fisiológica con dicho cuerpo, independientemente de la vía o el medio por el que llega al interior del organismo (vía digestiva, fricciones sobre la piel, inyecciones subcutáneas…). Su acción se llevará a cbo siguiendo siempre leyes determinadas.
Resulta, pues, que cada sustancia medicamentosa tomada en estado normal y a grandes dosis, tiene la propiedad de alterar el equilibrio fisiológico y producir ciertos trastornos de la salud. A esto se le llama el radio de acción patogénica de un medicamento.
Después de muchos años de estudio e investigación de los medicamentos en sanos y enfermos y tras muchos años de observaciones y experiencias en numerosos pacientes, Hahneman obtuvo la prueba irrefutable de que en todas las sustancias medicamentosas productoras de enfermedades reside l semejantes a los que ellas producen en el organismo sano la facultad de curar los fenómenos patológicos.
EXPERIMENTACIÓN PURA: Si se quiere recetar un medicamento según la Ley de la Analogía, deben conocerse primero sus efectos sobre el organismo sano. De algunos pocos medicamentos usados en tiempos de Hahnemann, como el mercurio, opio o arsénico, se conocían por la toxicología, pero las mezclas medicamentosas más utilizadas estaban ordenadas a capricho y sin plan alguno, por lo que si Hahnemann quería seguir su descubierta ley de la analogía, no tenía más remedio que ir probando cada sustancia en su propio cuerpo. Una investigación tan ardua habría desanimado a cualquier investigador, pero Hahneman se entregó a la tarea con tal interés, que en un período de 15 años llegó a conocer las propiedades de 27 sustancias que había experimentado en sí mismo y en los suyos. Dedicó una gran parte de su vida a la comprobación de agentes curativos, legando así a la posteridad  más de cien medicamentos, científicamente experimentados, que comprobó en sí mismo y en sus discípulos.
Posteriormente, sus discípulos han realizado comprobaciones que no han hecho más que confirmar la exactitud de su doctrina. Las sustancias han sido comprobadas en personas sanas, en dosis, unas veces muy pequeñas, otras en dosis mayores, participando en cada experimentación muchas personas de diferente sexo, edad, temperamento, condiciones de vida, etc.… utilizando siempre personas sanas que ignoraban el medicamento que tomaban  y la duración de la prueba.
DOSIS INFINITESIMALES: El punto más atacado por los opositores a ka Homeopatía es la dosificación. La burla a la doctrina de Hahnemann se basa en la pequeñez de sus dosis, sin comprender que con ello se convierten en víctimas de una falsa apreciación, pues la base de la Homeopatía no es, de modo determinante, la cuestión de las dosis, sino la Ley de Analogía y la Experimentación pura, o sea, el estudio de los medicamentos en el cuerpo sano. Muchos años después del descubrimiento de la Ley de Analogía, Hahnemann recetaba los medicamentos en grandes dosis, y la Homeopatía ya había confirmado la realidad mucho antes de que se hablase de las “dosis homeopáticas”.
A Hahnemanmn no podía pasarle inadvertido que los tejidos y órganos enfermos son más sensibles a los estímulos medicamentosos que los sanos,  y que las dosis elevadas producían una reacción que molestaba al enfermo. Las distintas observaciones le indujeron a ir reduciendo las dosis, y posteriormente comenzó a diluirlas, cada vez más, buscando con ello que llenaran su objeto sin producir los síntomas desagradables de la comprobación, observando que en estado diluído actuaban con mayor poder curativo que en estado bruto. Este hecho resultaba en aquella época algo tan extraño, que se catalogó de locura la doctrina de Hahnemann. Hoy no podemos negar la realidad de este hecho, pues multitud de observaciones científicas lo han demostrado de manera irrefutable
La Homeopatía, a pesar de tantísimos detractores, se ha venido implantando con cada vez mayor aceptación por un motivo incontestable: la constatación de los resultados, y si existe tan gran oposición a ella por parte de los grandes laboratorios farmacéuticos y por muchos médicos influidos por ellos, que no se han documentado sobre este tema antes de atreverse a emitir un juicio negativo,, podemos explicarlo recurriendo a una expresión castiza: “Ladran, luego cabalgamos”




viernes, 25 de octubre de 2013

LAS PENSIONES SON VIABLES


Artículo del economista Vicenç Navarro sobre las pensiones, aparecido en la revista digital "La Republicana" de este mes de octubre:

LAS PENSIONES SON VIABLES
VICENÇ NAVARRO

Graves errores metodológicos hechos por los economistas (y los medios de información y persuasión) liberales en sus diagnósticos del colapso de las pensiones.
Recientemente hemos visto una avalancha liberal que tiene como objetivo alarmar a la población haciéndole creer que las pensiones no son viables. La Comisión Europea, el Banco de España, el BBVA y el Partido Popular Europeo (del cual el PP español forma parte) han publicado informes y documentos que alertan a la población española de que hay que reducir las pensiones porque el sistema de Seguridad Social que las financia no es sostenible. En defensa de sus posturas presentan datos e información empírica que asumen que apoyan sus alarmas sobre las cuales basan sus recomendaciones. Todos estos documentos tienen errores graves que invalidan sus conclusiones, transformando tales documentos en manifiestos políticos en lugar de informes científicos. Veamos tales errores.

1. Asumir que la esperanza de vida mide los años que una persona vive
Tales documentos asumen erróneamente que el hecho de que la esperanza de vida promedio de España haya pasado de ser 76 años a 80 años en veinticinco años (1980-2005) quiere decir que el promedio español vive ahora cuatro años más.
Ello no es cierto. Hay que saber qué quiere decir esperanza de vida y cómo se calcula. Supongamos que España tuviera sólo dos habitantes. Uno, Pepito, que muere al día siguiente de nacer, y el otro, la Sra. María que tiene 80 años. La esperanza de vida promedio de España sería 0 años más 80 años, dividido entre dos, es decir, cuarenta años. Pero supongamos que en un país imaginario vecino, hay también dos ciudadanos, uno, Juan, que en lugar de morir al día siguiente de nacer, como Pepito en España, vive veinte años, y la otra persona es la Sra. Victoria que tiene también 80 años como la Sra. María. En este país imaginario, la esperanza promedio de vida es de 20 más 80, dividido entre dos, es decir 50 años, diez años más que en España. Ello no quiere decir (como constantemente se malinterpreta este dato) que el ciudadano promedio de aquel país viva diez años más que en España: lo que el dato dice es que hay diez años de vida más en el promedio de aquel colectivo de dos personas sin clarificar que ello se deba a que la Sra. Victoria viva diez años más que la Sra. María (lo cual no es cierto), o que sea Juan el que vive veinte años más que Pepito. Todos los documentos que favorecen la reducción de las pensiones concluyen que la Sra. María vive diez años más, lo cual, repito, no es así.
Lo que ha estado ocurriendo en España (y en Europa) es que la mortalidad infantil ha ido disminuyendo de una manera muy marcada, con lo cual la esperanza de vida ha ido aumentando, pasando de 76 años a 80 años. Ello no quiere decir, como habitualmente se asume, que el ciudadano español medio viva cuatro años más ahora que hace veinticinco años. La mortalidad por cada grupo etario ha ido descendiendo (incluyendo entre los ancianos), pero los años de vida que el ciudadano medio vive ahora no es de cuatro años más que en 1980. Calcular las pensiones en base a esta lectura  errónea de los datos penaliza a la población pues asume que la gente vive más años de lo que en realidad vive. 

2. Los promedios no son sensibles a las diferencias por clases sociales
Otro gran error es malinterpretar el significado de promedio Una persona se puede ahogar en un río que tiene como promedio sólo diez centímetros de profundidad. Tal río puede ir seco a lo largo de muchos kilómetros pero en algunas zonas éste puede tener tres metros de profundidad, y es ahí donde el lector se puede ahogar. Un promedio en sí no nos dice mucho si no sabemos también las variaciones del promedio.
Lo dicho tiene especial importancia en el cálculo de la esperanza de vida y en la estimación de la longevidad (los años que una persona vive). Las diferencias en longevidad por clase social son enormes. Así, la diferencia en los años de vida existente entre una persona perteneciente a la decila de renta más baja del país (los más pobres) y la decila superior (los más ricos) en España es nada menos que de diez años (ha leído bien, diez años). En EE.UU. son quince y en el promedio de los países de la UE-15 son siete. Estas diferencias en longevidad se deben a que el nivel de salud de la población depende, sobre todo, de la clase social a la cual se pertenece.

Un trabajador no cualificado (en paro frecuente durante más de cinco años) tiene, a los sesenta años, el nivel de salud que un banquero tiene a los setenta años. Este último sobrevivirá al primero diez años. Es profundamente injusto pedirle al primero que continúe trabajando dos (y algunos piden cinco) años más para pagar las pensiones del segundo que le sobrevivirá diez años. La insensibilidad hacia esta realidad mostrada por estos informes es abrumadora. Retrasar la edad de jubilación a toda la población trabajadora sin más, es una medida que perjudica a las clases populares para beneficiar a las clases de mayores rentas que viven más años. 

3. El error del argumento alarmista: el crecimiento del porcentaje del PIB gastado en pensiones es excesivo 
Este es uno de los errores metodológicos más importantes y frecuentes que aparece en el informe de la Comisión Europea, y que ha sido reproducido en gran número de artículos y editoriales. Tal argumento indica que el porcentaje del PIB en pensiones subirá de un 8,4% en el año 2007 a un 15,1% del PIB en el año 2060, un porcentaje que estos informes señalan como excesivo, pues la sociedad en el año 2060 no podrá absorber tales gastos pues restarán recursos necesarios para otras actividades, programas o servicios a la población no pensionista. El hecho de que el porcentaje de gasto en pensiones públicas alcanzará el 15,1% en el 2060 se considera una noticia alarmante que requiere una intervención ya ahora, disminuyendo los beneficios de los pensionistas.
En este argumento se ignora el impacto del crecimiento de la productividad sobre el PIB del año 2060. Supongamos que el crecimiento anual de la productividad es un 1,5%, un crecimiento que incluso el Banco de España admite como razonable. En este caso, el valor del PIB español será 2,23 veces mayor que el PIB del año 2007. Ello quiere decir que si consideramos el valor del PIB del año 2007 como 100, el del año 2060 será de 223. Pues bien, el número de recursos para los no pensionistas en el año 2007 fue de 100 menos 8,4 (8,4 es la cantidad que nos gastamos aquel año en pensionistas), es decir, 91,6. En el año 2060 los recursos a los pensionistas serán el 15,1% de 223, es decir 33, y para los no pensionistas será 223 menos 33, es decir, 192, una cantidad que es más del doble de la existente en el año 2007, 91,6. Debido al crecimiento de la productividad, en el año 2060 habrá más recursos para los no pensionistas que hoy, y ello a pesar de que el porcentaje del PIB dedicado a pensiones es superior en el año 2060 que en el 2007. Los que alarman innecesariamente a la población olvidan un hecho muy elemental.
Hace cincuenta años, España dedicaba a las pensiones sólo un 3% del PIB. Hoy es un 8%, más del doble que cincuenta años atrás. Y la sociedad tiene muchos más fondos para los no pensionistas de los que había entonces, aún cuando el porcentaje del PIB en pensiones sea mucho mayor ahora que entonces. Por cierto, ya hace cincuenta años, cuando España se gastaba un 3% del PIB en  pensiones, había voces liberales que decían que en cincuenta años se doblaría o triplicaría tal porcentaje, arruinando el país. Pues bien, estamos cincuenta años más tarde, y el país tiene más recursos para los no pensionistas que existían entonces, aún cuando el porcentaje del PIB dedicado a pensiones se ha doblado.

4. Se equivocan constantemente en sus proyecciones demográficas
Cualquier demógrafo que tenga un mínimo de rigor sabe las enormes dificultades en calcular cambios demográficos por periodos tan largos como cincuenta años. Y un buen ejemplo de ello es que los bancos y
las cajas publican cada diez años informes anunciando el colapso de las pensiones en diez años. La Caixa (en 1998), el BBVA (en 2005 y en 2007), el Banco Santander (en 1992 y en 1999), el Banco de España (en 1995, en 1999, en 2002 y en 2009) y una larga lista, han predicho el colapso (utilizando un término menos contundente) de las pensiones para diez o al máximo veinte años más tarde.

En defensa de sus proyecciones utilizan los mismos argumentos y los mismos datos (la Comisión Europea
utiliza prácticamente los mismos datos que publicó el informe de la Fundación de las Cajas en 2007). Y una
de las proyecciones más utilizadas es la de la evolución de la pirámide demográfica, indicando que el porcentaje de ancianos está creciendo muy rápidamente, y el de los jóvenes está bajando muy sustancialmente, ignorando que, en aquellos países que financian las pensiones a base de cotizaciones sociales como es el caso español, el punto clave no es el número de jóvenes y adultos por anciano, sino el número de cotizantes y la cantidad de cada cotización por beneficiario. Y tanto el uno como el otro están subiendo, el primero como consecuencia de la integración de la mujer al mercado de trabajo (si España
tuviera la tasa de participación de la mujer en el mercado de trabajo que tiene Suecia, habría tres millones
más de cotizantes a la seguridad social), y el segundo como consecuencia del aumento de la productividad
y de los salarios. Es más, toda la evidencia muestra que las familias españolas desearían tener más hijos
(dos por familia) que los que tienen ahora. El desarrollo de la sociedad y de los servicios de ayuda a las familias, como escuelas de infancia y servicios domiciliarios, permitiríael incremento de la fecundidad, una
de las más bajas del mundo. Hoy en Europa, los países nórdicos, con un amplio desarrollo del estado del
bienestar, tienen una fecundidad mucho mayor que en el Sur de Europa.

Dos últimas observaciones.  El hecho de que el rigor y credibilidad de tales documentos liberales
sea muy escaso no quiere decir que no tuviera que haber cambios en las pensiones, cambios distintos al retraso de la jubilación o disminución de sus beneficios que proponen los liberales. Contrariamente a lo que se dice constantemente, las pensiones, incluyendo las contributivas, son demasiado bajas, y ello como consecuencia de que los salarios son demasiado bajos (ver el excelente capítulo sobre las pensiones escrito por la profesora Camila Arza en el libro La Situación Social en España. Vol. III. Biblioteca Nueva. 2009).
Otro cambio que debiera ocurrir es la flexibilización de la edad de jubilación permitiendo que aquellas
personas (la mayoría profesionales) que desearan jubilarse más tarde pudieran hacerlo. La jubilación debiera
ser un derecho, no una obligación.
Debiera también prohibirse, como se ha hecho en varios países, la prejubilación utilizada por el mundo
empresarial para realizar cambios en sus plantillas, penalizando el sistema de seguridad social y al prejubilado, pues éste recibe una pensión menor. Tal prejubilación le supone a España un recorte de ingresos equivalente a un 6% del PIB
Una última observación es que el Estado debiera aumentar su aportación a las pensiones tal como lo hacen
otros países (como Dinamarca), en que las aportaciones procedentes de los impuestos generales son mucho
más intensas que en España. No hay nada sagrado en la Biblia económica que diga que las pensiones
tienen que pagarse a base de cotizaciones sociales. La popularidad de las pensiones (entre todos los grupos
etarios) es tal que puede justificarse tal medida que contaría con gran apoyo popular. España ya lo hizo con
la sanidad (que estuvo financiada por la Seguridad Social) y puede expandirlo a otras áreas.

viernes, 21 de diciembre de 2012

DEL SOLSTICIO A LA NAVIDAD





El 21 de diciembre (o el 22 algunos años) tiene lugar el Solsticio de invierno, la noche más larga y el día más corto del año.

Coincide, con pocos días de diferencia, con la Navidad de los pueblos cristianos, y muchos de los ritos de uno y otro acontecimiento coinciden y se llegan a confundir.
La forma de celebrarlo varía según los lugares.


Así, en el Medio Oriente, se vela con el fin de evitar la influencia de los malos espíritus; durante toda la noche se mantiene encendida una fogata, mientras que se come sandía, frutos secos y granada. En la antigua Persia se celebraba, a la mañana siguiente, el nacimiento de Mithra, el ángel de luz y verdad. 


En la cultura celta, el solsticio de invierno, momento en que la rueda del año está en su momento más bajo, preparada para subir de nuevo, recibe el nombre de Yule, y era costumbre celebrarlo con bailes y fiestas. 
El solsticio de invierno suponía el renacimiento del dios del sol, ya que los días se van haciendo más largos a partir de esa fecha.



En Escandinavia se sacrificaba un cerdo en honor de Frey, dios del amor y la fertilidad, controlador del tiempo y de la lluvia. Era tradicional, en muchos países de Europa, quemar el tronco de un árbol muy grande, que ardía lentamente durante toda la temporada de celebraciones en honor del nacimiento del nuevo sol, y guardar las cenizas para alejar a los malos espíritus o fertilizar los campos para la siembra.

¿Por qué quemar un tronco?. Dentro de la tradición celta ocupaba un lugar preferente el culto a los árboles que simbolizaban el poder. Los bosques sagrados servían como templo a los germanos... Entre los galos, los druidas - sacerdotes guardianes de las tradiciones - siguiendo un rito sagrado, recogían, el muérdago sobre un árbol sagrado: la encina.


En cuanto a la antigua Roma, las Saturnalias, o fiestas en honor de Saturno, se celebraban entre los días 17 y 23 de diciembre. Se conmemoraba el reinado del dios Saturno, que tuvo lugar sobre Roma en la Edad de Oro, la época en la que se producía abundantemente y no había guerras ni discordia.
La fiesta era una celebración del fin de las tinieblas y el comienzo de un nuevo año.
La semana de las fiestas de la Saturnalia se celebraba con comilonas y bebida; durante esa semana, en una inversión del orden social, los esclavos desempeñaban los altos cargos del estado, se convertían en amos y eran servidos por éstos. Era tradicional el intercambio de regalos, preferentemente de plata. 


Estas fiestas se continuaron conmemorando hasta los albores de la Edad Media, donde las Saturnalias también se celebraban en las iglesias, en una época en que existía una gran libertad en el uso de los templos.
Reinando Constantino el Grande, en el año 345 después de Cristo, la Iglesia propuso el 25 de diciembre para celebrar el nacimiento del Salvador, coincidiendo con la celebración romana del Sol Invictus


Probablemente los papas eligieron el 25 de diciembre como fecha de conmemoración del nacimiento de Jesús, para que los fieles prestasen menos atención a las fiestas paganas del solsticio de invierno y más a las celebraciones religiosas. 
De ese modo, la Navidad vino a ocupar el lugar que todavía llenaban esas fiestas saturnales y otras propias del invierno de Roma.
Sólo se celebraba esa fecha en Occidente, porque la Iglesia de Oriente, sin embargo, adoptó el 6 de enero; pero la influencia de San Juan Crisóstomo, padre de la Iglesia de Oriente y patriarca de Alejandría, y de San Gregorio Nacianceno, teólogo amigo de San Basilio hizo que se adoptara el 25 de diciembre, igual que en Occidente.



En la actualidad, durante las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, continúan manteniéndose ritos basados en las antiguas conmemoraciones del solsticio de invierno, como los pasteles de chocolate en forma de tronco que se comen hoy en día, o el típico árbol de Navidad, de claro origen celta, o las fiestas de los obispillos, el Bibestó de Monserrat, la fiesta del Rollo, el obispo de los locos o el abat de los locos de los días 6 o 28 de diciembre, que han subsistido en los pueblos españoles como residuos de las antiguas Saturnalias.